Los argentinos pensamos que somos
el ombligo del mundo y, en ese contexto, miramos la realidad mundial con
nuestra perspectiva; mucho por la costumbre de estos doce años en que Néstor y
Cristina Kirchner hacían grandes discursos en tribunas internacionales, pero
dirigidos en realidad a la política interna argentina.
Esto, con el tiempo generó que
muchos líderes mundiales no entendieran qué pasaba en la Argentina, ya que
nues-tros presidentes hablaban de cosas que en un mundo globalizado no pasaban,
pero sí eran cotidianas en las acciones de entrecasa; se podría resumir que
lavábamos nuestros platos sucios en casa ajena.
El mundo está cambiando, y los
partidos tradicionales ya no tienen la fuerza de años anteriores. Pasa en EEUU,
con un candidato como Donald Trump, que se encamina a la presidencia y tiene
preocupado a todos los que buscan evitar más guerras. En Europa también vienen
tiempos de cambios.
En Italia acaba de ganar las
elecciones a la Municipalidad de Roma un partido nuevo, con una alcaldesa como
nueva referente. Inglaterra se apresta a salir de la zona Euro, que va a
ocasionar un gran cimbronazo económico en la Eurozona. Libia se encamina a una
nueva guerra interna de la mano de uno de los hijos de Gadafi. Siria vuelve a
tomar el control del antiguo régimen de mano de los rusos. Latinoamérica vive
un nuevo giro hacia la derecha, por las urnas o por los golpes blancos, como
ocurrió en Brasil; también puede repetirse en Venezuela.
El Papa Francisco viene luchando
sobre estas cuestiones globales que nosotros, como argentinos, no entendemos, y
muchas veces nunca nos importaron, en la convicción de que vivir con lo nuestro
fue el modelo de gobierno al que nos acostumbró el kirchnerismo.
Ahora que se trata de salir del
aislamiento, entran a jugar otras cuestiones macro de la economía, que deben
comenzar a tenerse en cuenta en un mundo globalizado.
El presidente Macri comete el
error de disputarle poder al Papa Francisco, un hombre que en el mundo es
respetado por su condición humilde, de reforma profunda de la doctrina social
de la Iglesia, donde se pasó del Romanticismo Romano al sentir social de la
pobreza estructural latinoamericana.
El Papa Francisco, o EL PAPA DE
LOS POBRES, como lo señala el mundo, busca desterrar la corrupción, enquistada
en las más altas esferas del poder político, económico y judicial, a través de
la institucionalidad; muchas veces repiten por medio de sus voceros: “…Si
logramos fortalecer las instituciones, limitamos mucho la enfermedad de la
corrupción de los hombres que la integran…”.
Cuando el presidente Macri
enfrenta al Papa Francisco está enfrentando no sólo a la Iglesia Católica, sino
que está enfrentando al Papa de los Pobres, lo que resalta como contraposición
que es un presidente para los Ricos.
El 29 de mayo, en el Aula Nueva
del Sínodo del Vaticano, durante el cierre del Congreso Mundial Scholas, la red
mundial de escuelas para el encuentro, el subsecretario de Culto de la Nación,
Alfredo Abriani, tomó la palabra, y manifestó que el Gobierno hacía una
donación a la institución, pero aclaró que no tenía el monto ni el decreto para
leerlo. El Papa Francisco se enteró por los diarios del decreto 711, de fecha
30 de mayo, y del importe de la donación, de $ 16.666.000, para la fundación
pontificia Scholas Occurrentes.
Bergoglio, conocedor como pocos
de los dobles sentidos del poder argentino, se enojó porque sabía que venía la
operación de prensa del Gobierno, y que no era un gesto genuino de ayuda
solidaria.
No pasó un día y las usinas de
propaganda política del PRO comenzaron a acusar al Papa Francisco de venderse
por plata.
Lo que nadie sabía en el
Gobierno, según los pasillos vaticanos, era que la noche anterior Bergoglio
mandó un mail al titular de la fundación Scholas para que devolviera el importe
que hubiera recibido, y que quería copia del recibo; y le puso a la misiva una
posdata llamativa: “…nunca me gustó el 666…” (el número de la Bestia).
Muchos en el Vaticano están
esperando que rueden cabezas, pero sólo aquellos que puedan leer entre líneas
entenderán lo grave de la situación.
Mientras los líderes mundiales
buscan la ayuda de Francisco, el Papa de los Pobres, el presidente argentino,
Mauricio Macri, lo combate. La pregunta que deberíamos hacernos es: ¿A quién le
creerán más los presidentes del mundo globalizado, al Papa Francisco o al
presidente Macri?. Sólo el tiempo lo dirá, y los argentinos seguiremos
esperando.
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